El otro día (hace ya casi dos meses, un poco menos del tiempo que llevo sin escribir aquí) Julia interrumpió su cena para mirarme. Muy seria y concentrada acercó muy despacio su mano izquierda a mis labios para decirme ‘tienes un agujerito, ahí’. Y es verdad. Es que cuando yo cierro la boca no la cierro… del todo. No puedo. Me queda un minúsculo orificio justo en el medio; un agujerito negro rodeado de labios rosas.
Que yo recuerde, Karl, el segundo hijo de los O’Connor, con los que pasé unos cuantos veranos durante mi adolescencia, fue el primero que me dijo ‘did you ever notice you show a small black hole whenever you close your lips?’. Era una tarde húmeda de julio irlandés y estábamos sentados junto con Albert, su hermano mayor, en las escaleras de su casa en Retreat, Athlone.
Desde entonces y hasta hoy sólo un punhado de personas (todas chicas, a excepción del primero) han descubierto el agugerito que dejan mis labios al cerarse. No sé por qué, soy incapaz de entender el motivo, pero recuerdo nítidamente cada vez, quién, cuando y cómo me lo dijo. Como si fuera algo muy especial. Y el recuerdo es siempre, en cada ocasión, dulce, carinhoso. Y ahora Julia cierra el círculo. O no. Quizás María dentro de unos anhos también se dé cuenta y me avise…
La ternura con la que Julia expresaba su descubriento (y me avisaba, por si yo aún no me había dado cuenta y a lo mejor hubiera que hacer algo al respecto) supera cualquiera de los momentos anteriores, claro ;-)
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